El huemul, visitante de la Luna
Una antigua leyenda atribuida a la tradición tehuelche cuenta que los huemules, shoam en lengua aónikenk, fueron, alguna vez, visitantes de la Luna.
Desde los
confines de ese territorio celeste observaban la Tierra. Su mirada era reflexiva,
sin espíritu para poseer, conquistar o transformar, más como quien contempla
algo todavía desconocido; los ríos, las montañas, los volcanes, los valles, los
bosques.
Había
fascinación en esa mirada por este terruño azul.
Hasta que un
día se acercaron demasiado al borde de la Luna y cayeron sobre la Tierra. El
accidente los convirtió en habitantes de un mundo que hasta entonces solo
habían visto desde lejos.
El huemul de
esta leyenda llega desde arriba. Es extranjero, visitante, criatura de otro
mundo. Aunque advierte que una vez perdida la posibilidad de regresar,
transforma la privación en pertenencia.
Sin intentar
reconstruir la Luna sobre la Tierra, aprende a vivir aquí. Se hace parte del hábitat,
del suelo, del entorno que lo recibe.
Es
precisamente allí donde la leyenda adquiere una dimensión que excede la
historia de un animal. El huemul puede leerse como una figura de tránsito entre
dos órdenes, cielo y tierra, distancia y pertenencia, contemplación y
experiencia.
Primero observa, luego cae y finalmente habita. Desde la distancia todo puede parecer comprensible. El paisaje puede contemplarse como una totalidad armónica. Habitar un territorio implica otra cosa; conocer sus ciclos, sus amenazas, sus límites y también sus vulnerabilidades. La mirada cambia cuando dejamos de ser espectadores.
El huemul
deja entonces de ser simplemente un animal dentro del paisaje patagónico y se
convierte, dentro de esta narrativa, en testigo
del territorio. Alguien que llegó desde afuera pero terminó
perteneciendo profundamente a aquello que contemplaba.
Quizás por
eso la figura del guardián resulta tan significativa, custodia sin dominar. Su
función consiste, precisamente, en reconocer que aquello que tiene delante posee
un valor que lo trasciende, por eso no se adueña de aquello que protege.
Esta
diferencia resulta especialmente relevante en una época en la que hemos
convertido buena parte de la naturaleza en recurso, mercancía, paisaje
turístico o escenario para nuestras propias actividades. La antigua imagen del
huemul propone otra relación, la montaña no es únicamente una reserva de
minerales, el bosque no es solamente madera, el río no es solamente agua
disponible, el territorio no es un objeto vacío esperando ser utilizado, existe
memoria en el paisaje.
Las culturas
originarias desarrollaron formas de conocimiento, cosmovisiones en las que
observar la naturaleza no significaba simplemente acumular información sobre
ella, observar implicaba aprender, a reconocer señales, ciclos, comportamientos,
presencias y transformaciones, asimilaban su entorno con fluidez e intercambio vital,
manteniendo el equilibrio orgánico para todos los seres, ya que se consideraban
una entidad completa con el mundo natural
La Luna
introduce además otra dimensión; su ciclo recuerda que nada permanece idéntico.
Absolutamente todo crece, alcanza plenitud, disminuye y desaparece para volver
a comenzar. Desde tiempos remotos, sus fases han ofrecido a numerosas culturas
una imagen poderosa de transformación y retorno.
Aunque los huemules,
según la leyenda, pierden precisamente ese retorno, han caído de la Luna y ya
no pueden volver. Su destino consiste entonces en aprender otra forma de ciclo,
el de la Tierra.
Es una
transformación del origen en responsabilidad. Aquello que alguna vez
contemplaron desde el cielo se convierte en lo que deben cuidar desde la
tierra. Los huemules no regresan a casa, convierten la pérdida de su hogar en una forma de pertenecer a otro.
Desde
nuestra observación contemporánea, evidenciamos que vivimos cada vez más
separados de los ritmos que durante milenios organizaron la existencia humana; la noche y el día, las estaciones, las
migraciones, las lluvias, los ciclos de los animales, la fertilidad de los
suelos, el comportamiento de los ríos.
Ganamos
capacidad para modificar el mundo, pero perdimos capacidad para escucharlo. El
dilema ecológico no es solamente tecnológico o económico, también es un
problema de percepción. ¿Qué dejamos de ver cuando dejamos de observar? ¿Qué
señales desaparecen cuando ya no sabemos interpretarlas? ¿Qué conocimiento
perdemos cuando un bosque deja de ser un ecosistema para convertirse solamente
en una superficie?
El huemul tiene hoy una presencia casi fantasmal en los Andes. Se estima que sobreviven apenas entre 1.500 y 2.000 ejemplares en Argentina y Chile, dispersos en poblaciones aisladas y fragmentadas. Desde la llegada de la colonización europea, su población se habría reducido en alrededor de un 99 %.
No es casual que actualmente se lo conozca como el “fantasma de los Andes”. Su nombre parece describir no sólo la dificultad de encontrarlo, sino también el lugar que ocupa en un paisaje que hemos ido transformando hasta volverlo cada vez más inhabitable.
Incendios forestales, caza ilegal, pérdida y modificación del hábitat, fragmentación de los bosques y otras alteraciones del territorio han reducido progresivamente los espacios donde este ciervo pudo desplazarse, alimentarse y reproducirse.
La figura del huemul como visitante lunar permite recuperar, aunque sea simbólicamente, una antigua disposición ante el territorio, la capacidad de maravillarse antes de apropiarse. El huemul mira, la montaña permanece, la Luna continúa sus ciclos. Y nosotros, que durante mucho tiempo hemos pretendido estar por encima de la naturaleza, quizás tengamos que volver a aprender algo mucho más elemental, que no estamos frente al paisaje, estamos dentro de él.
La humanidad si desea custodiar la Tierra debería comenzar, quizás, por recuperar la capacidad de mirarla como si todavía estuviéramos llegando a ella.
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| Huemules en carboncillo comuna Futaleufú (1965) |
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| Huemules cruzando Lago Verde, Chubut (1965) |
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